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martes, 7 de marzo de 2023

A una bella

Sobre pupila azul con sueño leve

Tu párpado cayendo amortecido,

se parece a la pura y blanca nieve

que sobre las violetas reposó;

yo el sueño del placer nunca he dormido:

sé más feliz que yo.

 

Se asemeja tu voz a la plegaria

al canto del zorzal de indiano suelo,

que sobre la pagoda solitaria

los himnos de la tarde suspiró;

yo sólo esta oración  dirijo al cielo:

sé más feliz que yo.

 

Es tu aliento la esencia más fragante

de los lirios del Arno caudaloso,

que brotan sobre un junco vacilante

cuando el céfiro blando los meció.

Yo no gozo su aroma delicioso:

sé más feliz que yo.

 

El amor, que es espíritu de fuego

que de callada noche se aconseja

y se nutre con lágrimas y  ruego

en tus purpúreos labios se escondió;

él te guarde el placer y a mí la queja:

sé más feliz que yo.

 

Bella es tu juventud en sus albores

como un campo de rosas del Oriente;

al ángel del recuerdo pedí flores

para adornar tu sien y me las dio.

Yo decía al ponerlas en  tu frente:

sé más feliz que yo.

 

Tu mirada vivaz es de paloma:

como la adormidera del desierto

causa dulce embriaguez, hurí de aroma

que el cielo de topacio abandonó;

mi suerte es dura, mi destino incierto:

sé más feliz que yo.

Juan Arolas

Imagen:https://www.blogger.com/

viernes, 14 de octubre de 2022

Himno de la noche

Súplica al Creador

 

¡Oh sol! ¡noble gigante de hermosura,

y astro rey en tu trono de volcanes!

¡Guerrero cuya nítida armadura

deslumbró en feroz lid a los Titanes!

 

Las águilas del Líbano altaneras,

cuando dorabas hoy la antigua Tiro,

te admiraron subiendo a las esferas,

yo que pierdo tu luz, también te admiro.

 

Su pupila tenaz osadamente

se fijó en tu zenit esplendoroso;

yo al morir en los mares de Occidente

te saludo no más, rey luminoso.

 

Faro inmortal del mundo a quien das vida.

Eterno en juventud y en el encanto,

sombra del hacedor, piedra caída

de la esmaltada fibra de su manto.

De la muerte del día plañideras

le siguen al sepulcro largas sombras,

que borran la esmeralda en las praderas,

desatando sus tétricas alfombras.

 

Su tapiz vaporoso sin colores

enluta en fuente azul blancas espumas,

los pétalos de nácar en las flores,

y en las aves el iris de las plumas.

 

En el tronco de un árbol carcomido

no duerme eternamente el aura leve,

pero lánguida vaga sin sonido

temiendo desplegar alas de nieve.

 

Tal vez el bardo así, cuando es de hielo

sin juventud ni amor, triste suspira,

y teme levantar su canto al Cielo,

recorriendo las cuerdas de la lira.

 

Roto el prisma falaz de las pasiones,

que me presenta un mundo de placeres,

y sobre pedestales de ilusiones

ídolos de jazmín en las mujeres.

 

Cuando el Edén de mágico contento,

como insecto de un día vaga y zumba,

se vista de color amarillento,

mostrando en vez de flor, mármol de tumba,

 

deme el Cielo en la choza solitaria

del arpa de Sión la melodía,

y escríbase en mi losa funeraria:

¡Dios Amor, y la dulce Poesía.’

 

Más sombras obre el mudo cada instante!

Pero avanza un lucero a las estrellas

mientras detrás del eje rutilante

en lejanos cohortes siguen ellas.

 

Dime, luz bienhechora, ¿dó caminas?

¿velas sobre los sueños, les asistes,

y con el resplandor los iluminas,

repartiéndolos tú blandos o tristes?

 

¿Eres cuna do el ángel se adormece?

¿O estás cual atalaya prevenida

que avisas al amante que anochece

para que vuele a ver a su querida?

 

¡Delicioso jardín...! en una rosa

se duerme una cantárida dorada,

mientras una nocturna mariposa

turba el sueño y le roba la morada.

 

En la hierba fosfórico gusano

enciende su fanal, o su lumbrera

émula del cocuyo americano,

que si marcha, le sigue compañera.

 

Y las plantas acuáticas que solas

aman perenne humor, sacan aprisa

del cristal adormido sus corolas,

para gozar los besos de la brisa.

 

Un insecto de púrpura y topacio

sobre flexible tallo se asegura,

y a una cerrada flor que es su palacio

estas quejas tristísimas murmura:

 

¡Ábreme, hermana mía, el blanco seno,

que vengo fatigado del camino;

por extraño persil de lilas lleno

me perdí susurrante peregrino.

 

Me persiguió un rapaz de ojos azules

y por huir su mano codiciosa,

escondido entre ramas de abedules,

me sorprendió la noche tenebrosa.

 

Al tiempo de besarse dos amantes

crucé por una gótica ventana,

y sus ósculos tiernos y constantes

empañaron mis alas de oro y grana.

 

Gozaba en su balcón auras amenas

una bella de formas celestiales;

quise entrar en su pecho de azucenas,

y huyó de allí cerrando sus cristales.

 

Errante voy, y encuentro poseído

todo cáliz, do bebo la ambrosía,

de sonoro amador que está dormido;

‘Ábreme tu capullo, hermana mía.’

 

Poco a poco la flor va desplegando

su seno virginal al que la llama

y ofrece su cariño lecho blando...

’Delicioso jardín!... esa flor ama.

 

¿Dó camináis vosotras, bellas nubes

flotando sobre brisas regaladas?

¿Vais a servir de tienda a los querubes?

¿Vais a servir de tálamo a las hadas?

 

¿Vais a llevar los sueños a otras zonas?

¿O a mentir a mis ojos soñolientos,

con la luz de la luna hinchadas lonas

de bajeles, en mares turbulentos?

 

Si al ocultarse el sol, según sus leyes,

flotabais como ricos pabellones,

que en las solemnes fiestas de sus reyes

enarbolan los pueblos y naciones;

 

Si vestíais de azul y de escarlata,

¿quién os ha concedido blanco velo

con profusión de aljófares y plata,

vestales de la bóveda del cielo?...

 

Huid, y el rayo hermoso de la luna

brille sobre mi rostro tibiamente,

que le profeso amor desde la cuna,

y es única corona de mi frente.

 

‘Arrecia con furor el raudo viento!

¿Qué suspiráis, sonoros vendavales,

 en las torres de alcázar opulento?

¿Qué gemís en sus largos espirales?

 

Murmuráis del magnate: cien bugías

en un ambiente de ámbares y rosa

sus noches aclarecen como días,

el estruendo de orquesta sonorosa.

 

Vense tras de los vidrios, entre sedas

cruzar nobles y duques y barones,

y danzar a compás vírgenes ledas,

ninfas de flor, con alas de ilusiones.

 

Y mientras el palacio se alboroza

duerme el pobre en las piedras de la esquina,

lo desvela la rápida carroza,

y otra vez en el polvo se reclina.

 

¡Ricos!... en los banquetes abundosos,

si disfrutáis placeres, dad al menos;

si dais de lo sobrante, sois piadosos,

si de lo necesario, seréis buenos.

 

Debajo del suntuoso artesanado 

no habitarán tristezas que os devoran,

y el ángel del reposo regalado

de  noche os dará sueños que enamoran.

 

Dios de luz, de noches y de días,

que pintas el celaje de la aurora,

Dios de mis esperanzas y alegrías,

oye mi voz, mi corazón te adora.

 

Concede tu esperanza a mi tormento,

a mi duda tu fe y tus resplandores,

y el bálsamo feliz del sufrimiento,

cuando se multipliquen mis dolores.

 

Tenga tranquilo hogar, pecho sin hieles,

palabras de tu amor, rostro sin ceño,

el  pan de  mi trabajo, amigos fieles,

y de tu santa paz el dulce sueño.

Juan Arolas

Imagen:https://www.blogger.com/

sábado, 3 de septiembre de 2022

Adán y su compañera: después de la caída

 

Huyamos de sus iras, mas ¿adónde?

Si no apaga su sol, ¡quién nos esconde

del ofendido Dios?

Y si de  noche oscura se presenta,

¿no hará con su mirada, que calienta,

cenizas de los dos?

 

¿Nos esconderá el mar que ronco truena?

¡El mar!... ¡el mar!... un escalón de arena

que, si lo salva el pie,

detrás de onda benéfica que halaga

se estrella otra mortífera que traga,

¡y nada más se ve!

 

Y a los altivos montes ¿quién acude,

si, pasando su sombra, los sacude

con hórrido temblor?

¿Si encorvarán sus cimas de malezas,

oprimiendo tal vez nuestras cabezas,

malditas del Señor?

 

¿Sabes, di, algún lugar árido y triste,

que de abrojos y espinas se reviste,

sin flores por tapiz,

do estrechando los brazos criminales

cerremos en la noche de los males

el párpado infeliz?

 

¿Y no llegue su enojo a tales climas,

reventando en volcanes por las cimas,

y removiendo el mar?

¿Y podamos, por único consuelo,

no contemplar la luz y ver el cielo,

tan sólo respirar?

 

¿Do no suene su voz que me acobarde’

¿Do  no vuele en las brisas de la tarde

que él mismo embalsamó?

¿Ni encienda sus estrellas que ama tanto,

crisólitos caídos de su manto

que en trono sacudió?

 

¿Y será que se olvide de mi nombre

y nada le recuerde que hizo al hombre

que al lado tuyo ves?

¿Y no cuente, al fulgor de sus destellos,

ninguno de mis días, ni cabellos,

ni huella de mis pies?

 

Mas ¡ah!, que con su dedo omnipotente

sostiene todo mar y continente;

y el dedo encogerá,

y, desquiciado entonces con asombro,

para vagar en átomos de escombro,

el  mundo caerá.

 

¡Oh amada realidad de sueños míos!

Tú, nacida al frescor de cuatro ríos,

en medio del edén,

arrastrarás conmigo y con tus penas

por páramos de estériles arenas

tu maldición también.

 

¿Quién te igualó en riqueza y hermosura

antes de aquel instante sin ventura

de amargo frenesí?

¿antes que aquella sombra te halagase

y aquel fruto de muerte mancillase

tus labios de rubí?

 

Las fuentes retrataban tu contento,

y de tu blanco seno el movimiento,

tu risa y tu mirar;

y tus ojos de llanto no sabían,

y tus hondas entrañas no mordían

las limas del pesar.

 

Las aves cariñosas te cantaban,

las brisas tu cabello acariciaban

con ósculos de amor,

y cuando la pisó tu pie de nieve,

no perdió de amorosa ni de leve

la más delgada flor.

 

Yo bebía en tus ojos dulce encanto,

y envidiaba mi dicha el ángel santo,

y el  mismo serafín,

que, al eco de tu voz, dejaba el cielo,

por gozar tu mirada de consuelo,

volando en el jardín.

 

¡Oh cómo se acabaron tales días

y se rasgo tu tela de alegrías,

bordada de placer!

¿Dó estáis, auroras puras y brillantes?

¿Volasteis a otros climas muy distantes,

para jamás volver?

 

Ya el sol con su luz clara no consuela;

siento mi desnudez que el frío hiela,

y encuentro sin calor

tus ósculos que libo y tu regazo,

y al buscar una dicha en un abrazo,

mi dicha es el dolor.

 

¿Y quién nos borrará de la memoria 

nuestro pasado bien y vuestra gloria

y excelsa beatitud,

para que, sin tormentos, sin enojos,

cerremos breve instante nuestros ojos

con sueño de quietud?

 

¿Y quién ha de dormir, si esta presente

del ofendido Dios Omnipotente

la eterna maldición?

¿Si enluta nuestros pasos, nuestra vida,

y con llama feroz, desconocida,

nos quema el corazón?

 

¡Yo tiemblo de mirarme en su presencia!

Resuena en mis oídos la sentencia

que nos dictó el gran Ser:

‘por cuanto  mis preceptos no cumplisteis,

al polvo volveréis de do salisteis,

por solo mi querer’.

 

Esto dijo a su triste compañera

el hombre, en su desgracia lastimera,

maldito de su Dios;

y la fúnebre noche del pecado,

con un manto de sombras enlutado

cayó sobre los dos.

Juan Arolas

Im:gen:https://www.blogger.com/

viernes, 1 de enero de 2021

Adán y su compañera

Huyamos de sus iras; mas ¿adónde?
Si no apaga su sol, ¿quién nos esconde
Del ofendido Dios?
Y si de noche oscura se presenta,
¿No hará con su mirada, que calienta,
Cenizas de los dos?

¿Nos esconderá el mar que ronco truena?
¡El mar!... ¡el mar!... un escalón de arena
Que, si lo salva el pie,
Detrás de onda benéfica que halaga
Se estrella otra mortífera que traga,
¡Y nada más se ve!

Y a los altivos montes ¿quién acude,
Si, pasando su sombra, los sacude
con hórrido temblor?
¿Si encorvarán sus cimas de malezas,
Oprimiendo tal vez nuestras cabezas,
Malditas del Señor?

¿Sabes, di, algún lugar árido y triste,
Que de abrojos y espinas se reviste,
Sin flores por tapiz,
Do estrechando los brazos criminales
Cerremos en la noche de los males
El párpado infeliz?

¿Y no llegue su enojo a tales climas,
Reventando en volcanes por las cimas,
Y removiendo el mar?
¿Y podamos, por único consuelo,
No contemplar la luz y ver el cielo,
Tan sólo respirar?

¿Do no suene su voz que me acobarde?
¿Do no vuele en las brisas de la tarde,
Que él mismo embalsamó?
¿Ni encienda esas estrellas que ama tanto,
Crisólitos caídos de su manto,
Que en torno sacudió?

¿Y será que se olvide de mi nombre
Y nada le recuerde que hizo al hombre
Que al lado tuyo ves?
¿Y no cuente, al fulgor de sus destellos,
Ninguno de mis días, ni cabellos,
Ni huellas de mis pies?

Mas ¡ah!, que con su dedo omnipotente
Sostiene todo mar y continente;
Y el dedo encogerá,
Y, desquiciado entonces con asombro,
Para vagar en átomos de escombro.
El mundo caerá.

¡Oh amada realidad de sueños míos!
Tú, nacida al frescor de cuatro ríos,
En medio del Edén,
Arrastrarás conmigo y con tus penas
Por páramos de estériles arenas
Tu maldición también.

¿Quién te igualó en riqueza y hermosura
Antes de aquel instante sin ventura
De amargo frenesí?
¿Antes que aquella sombra te halagase
Y aquel fruto de muerte mancillase
Tus labios de rubí?

Las fuentes retrataban tu contento,
Y de tu blanco seno el movimiento,
Tu risa y tu mirar;
Y tus ojos de llanto no sabían,
Y tus hondas entrañas no mordían
Las limas del pesar.

Las aves cariñosas te cantaban,
Las brisas tu cabello acariciaban
Con ósculos de amor,
Y cuando la pisó tu pie de nieve,
No perdió de amorosa ni de leve
La más delgada flor.

Yo bebía en tus ojos dulce encanto,
Y envidiaba mi dicha el ángel santo,
Y el mismo serafín,
Que, al eco de tu voz, dejaba el cielo,
Por gozar tu mirada de consuelo,
Volando en el jardín.

¡Oh cómo se acabaron tales días
Y se rasgó su tela de alegrías,
Bordada de placer!
¿Do estáis, auroras puras y brillantes?
¿Volasteis a otros climas muy distantes,
Para jamás volver?

Ya el sol con su luz clara no consuela;
Siento mi desnudez que el frío hiela,
Y encuentro sin calor
Tus ósculos que libo y tu regazo,
Y al buscar una dicha en un abrazo,
Mi dicha es el dolor.

¿Y quién nos borrará de la memoria
Nuestro pasado bien y nuestra gloria
Y excelsa beatitud,
Para que, sin tormentos, sin enojos,
Cerremos breve instante nuestros ojos
Con sueño de quietud?

¿Y quién ha de dormir, si está presente
Del ofendido Dios omnipotente
La eterna maldición?
¿Si enluta nuestros pasos, nuestra vida,
Y con llama feroz, desconocida,
Nos quema el corazón?

¡Yo tiemblo de mirarme en su presencia!
Resuena en mis oídos la sentencia
Que nos dictó el gran Ser:
«Por cuanto mis preceptos no cumplisteis,
Al polvo volveréis de do salisteis,
Por solo mi querer.»

Esto dijo a su triste compañera
El hombre, en su desgracia lastimera,
Maldito de su Dios;
Y la fúnebre noche del pecado,
Con un manto de sombras enlutado,
Cayó sobre los dos.

Juan  Arolas

Imagen:https://www.google.com/

jueves, 12 de marzo de 2020


Sé más feliz que yo

Sobre pupila azul, con sueño leve,
tu párpado cayendo amortecido,
se parece a la pura y blanca nieve
que sobre las violetas reposó:
yo el sueño del placer nunca he dormido:
sé más feliz que yo.

Se asemeja tu voz en la plegaria
al canto del zorzal de indiano suelo
que sobre la pagoda solitaria
los himnos de la tarde suspiró:
yo sólo esta oración dirijo al cielo:
sé más feliz que yo.

Es tu aliento la esencia más fragrante
de los lirios del Arno caudaloso
que brotan sobre un junco vacilante
cuando el céfiro blando los meció:
yo no gozo su aroma delicioso:
sé más feliz que yo.

El amor, que es espíritu de fuego,
que de callada noche se aconseja
y se nutre con lágrimas y ruego,
en tus purpúreos labios se escondió:
Él te guarde el placer y a mí la queja:
sé más feliz que yo.

Bella es tu juventud en sus albores
como un campo de rosas del Oriente;
al ángel del recuerdo pedí flores
para adornar tu sien, y me las dio;
yo decía al ponerlas en tu frente:
sé más feliz que yo.

Tu mirada vivaz es de paloma;
como la adormidera del desierto
causas dulce embriaguez, hurí de aroma
que el cielo de topacio abandonó:
mi suerte es dura, mi destino incierto:
sé más feliz que yo.

Padre Juan Arolas

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