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lunes, 23 de agosto de 2021

Amor eterno

 

Podrá nublarse el sol eternamente,

podrá secarse en un instante el mar,

podrá romperse el eje de la tierra

como un débil cristal.

¡Todo sucederá! Podrá la muerte

cubrirme con su fúnebre crespón,

pero jamás en mí podrá apagarse la

llama de tu amor.

G. A. Bécquer

Imagen:https://www.google.com/

sábado, 15 de febrero de 2020

Rima VII

Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en la rama,
esperando la mano de nieve
que sabrá arrancarla!

¡Ay! Pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma.
Y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: “¡Levántate y anda!
Gustavo Adolfo Bécquer

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domingo, 9 de febrero de 2020

Sin título

Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos;
taparon su cara
con un blanco lienzo;
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz, que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho;
y entre aquella sombra
velase a intervalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.

Despertaba el día
y a su albor primero
con sus mil rüídos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterios,
de luz y tinieblas,
medité un momento:
“¡Dios mío, que solos
se quedan los muertos!”

De la casa en hombros
lleváronla al templo
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos:
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedóse desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo.
Y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba…
que pensé un momento:
“¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”

De la alta campana
la lengua de hierro,
le dio, volteando,
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila,
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron
tapiáronle luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.

La piqueta al hombro,
el sepulturero
cantando entre dientes
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
reinaba el silencio;
perdido en las sombras,
medité un momento:
“¿Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!”

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a solas me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con su son eterno:
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡Acaso del frío
se hielan los huesos!...

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuelve el alma al cielo?
¿Todo es vil materia,
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo
que al par nos infunde
repugnancia y duelo,
al dejar tan tristes,
tan solos los muertos!

Gustavo Adolfo Bécquer

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martes, 1 de enero de 2019


Bécquer 

He aquí el inquietante tema de los sueños y la realidad, Suelo darle vueltas a este tema, al que, en mis elucubraciones,  llamo de “La frontera”.
Bécquer equipara el mundo de los sueños y el de la realidad e incluso los confunde, no por oscuridad sino por luz: ambos mundos son coincidentes.
La realidad para él es anterior a cuanto le rodea, en un  sentido de un nuevo platonismo. Aquí encontramos el sentido de los dos últimos versos: “pero sé que conozco a muchas gentes/ a quienes no conozco.” En su relato “Tres fechas” dice, incidiendo en esta idea; “Yo conocía a aquella mujer: no la había visto nunca, pero la conocía de haberla contemplado en sueños…”

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Imagen:https://www.google.com

 RIMA LXXV

¿Será verdad que cuando toca el sueño
con sus dedos de rosa nuestros ojos,
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?

¿Será verdad que, huésped de las nieblas,
de la brisa nocturna al tenue soplo,
alado sube a la región vacía
a encontrarse con otros?

¿Y allí desnudo de la humana forma,
allí los lazos terrenales rotos,
breves horas habita de la idea
el mundo silencioso?

¿Y ríe y llora y aborrece y ama
y guarda un rastro del dolor y el gozo,
semejante al que deja cuando cruza
el cielo un meteoro?

Yo no sé si ese mundo de visiones
vive fuera o va dentro de nosotros:
pero sé que conozco a muchas gentes
a quienes no conozco.


miércoles, 26 de diciembre de 2018


B  É  C  Q  U  E  R

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De Bécquer se conserva un manuscrito en la Biblioteca Nacional de Madrid, titulado “El libro de los gorriones”. Está fechado en 1868. En él se recogen 79 rimas bajo el subtítulo “Poesías que recuerdo del libro perdido”, además de otros textos en prosa.
De la conocidísima poesía de Bécquer podemos destacar su lirismo, su intimismo y la lograda síntesis entre los elementos cultos y populares.

RIMA

Una mujer me ha envenenado el alma,
otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
ninguna de las dos vino a buscarme,
yo de ninguna de las dos me quejo.

Como el mundo es redondo el mundo rueda.
Si mañana, redondo, este veneno
envenena a su vez ¿por qué acusarme?
¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?


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Curiosa la historia de este poema de Bécquer.
En  “El libro de los gorriones” aparece tachada. Después esta rima no ha sido recogida en ninguna de las redacciones de sus Obras. ¿Por qué?
Parece ser que hace referencia a la sospechosa enfermedad que le aquejaba y que constituía todo un tabú. Se dice también que entre sus amigos existía una especie de pacto de caballeros de no hacer mención ni directa ni indirectamente a la mujer casada con un señor muy conocido, a la que el poema puede hacer alusión.


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